Las palabras con las que nos recibió Remigio Mestas en su taller de Oaxaca no se olvidan

Remigio empezó hablando desde la memoria.
Desde su memoria.
Trajo al presente su versión de niño. Un niño que estaba rodeado de mujeres grandes, fuertes y de vestidos blancos.
Él las llamaba Las gigantes de blanco.
Y esas gigantes de blanco tejían.
Eran maestras del hacer manual. Expertas en crear con sus cuerpos y manos, huipiles;
un textil indumentario que ha vestido mujeres a lo largo de los años y las épocas en Mesoamérica. Una pieza que ha incorporado símbolos, actos e historias de espiritualidad, identidad indígena, pertenencia territorial, resistencia política y cotidianidad.

Estas mujeres de blanco utilizaban el telar de cintura para hablar de su vida terrenal. De su universo y cosmovisión.
Un lado del telar se amarraba a su cintura, el otro a un árbol y todo lo que se dibujaba en el medio era su universo…
Su cotidianidad.
Alegre, triste, blanca, brillante, turbulenta u oscura.
Todo era válido.
Era su simple y/o complejo universo.

Se dice que en esas épocas o terrenos, donde las mujeres no escribían, el tejido era la forma de dejar una declaración sobre el mundo.
Una voz.
En la comunidad además decían que ser una gigante de blanco era genético. También decían que el pago no era justo ni suficiente. Y que nunca nadie le enseñaría a tejer a un hombre.
Con Remigio hicieron una excepción. A sus 7 años empezó a tejer y se convirtió en el pequeño de blanco.
Fue creciendo y su apuesta fue clara:
“tenemos que levantar el textil”.
Remigio y las gigantes de blanco decidieron unir a Oaxaca con el mundo. Decidieron continuar con su técnica tradicional de tejido de telar de cintura para hacer huipiles, pero uniendo fibras, técnicas y teñidos de diferentes lugares del mundo.
Permitiendo la tan temblorosa, y a la vez anhelada, mezcla de universos.
En medio de esa declaración aparecieron con fuertes críticas los antropólogos puristas; quienes se equivocan al pensar que una técnica, un oficio, un hacer manual y tradicional debe permanecer inmóvil para perdurar en el tiempo.
Creen que proteger es igual a congelar; que la forma más noble de cuidar un oficio o una práctica es impedir su movimiento. Que la tradición sólo puede sobrevivir si se conserva intacta. Pero se equivocan. Porque aquello que merece atravesar el tiempo no puede negarse a dialogar con él.
Como una empresa que perdura, su magia no está en la repetición exacta, sino en la sensibilidad para leer el pulso del tiempo y responder a sus demandas.
Para lograr esto Remigio parte de un postulado claro: como extranjero de una comunidad, nunca puede pedir que cambien su color, su hacer o su técnica. Jamás. No se suma a la creencia tramposa de que ser un diseñador o artesano reconocido lo vuelve legítimo para imponer cambios en una comunidad.
Por eso, la primera pregunta siempre es:
¿Qué colores hay acá? ¿Qué técnicas manejan?
Sólo sobre eso se trabaja. Se fortalece. Se pule.
Una vez reforzada la técnica, se crea en diálogo con ellos. Así se desarrollan huipiles que ya no pertenecen únicamente a las raíces de las gigantes de blanco, sino también a otros rincones del mundo: en este caso, con exactitud, a 16 pueblos originarios de Oaxaca, al Tíbet, Egipto, Portugal y la India.
De esta manera nacen las gigantes de rojo, verde, azul, dorado, amarillo, negro, etc.
Huipiles de otros colores y otros sentires.
Huipiles que entrelazan universos. Nuevos y diferentes universos.

Para los amantes y creyentes del mundo textil y artesanal,
¿no es esto una gran dosis de esperanza e inspiración?
En San Agustín Etla —un pueblo de Oaxaca— está Raman Gutiérrez Ruiz, un artesano que ha utilizado los saberes tradicionales como una herramienta viva para crear los más auténticos tapetes y tapices textiles.

Los tintes y fibras naturales, el telar horizontal y el afelpado han dado vida a sus obras maravillosas donde predominan el volumen, los caminos turbulentos y entrelazados, las figuras geométricas, los órganos humanos, los insectos…


Raman, junto con su esposa y un equipo de hombres al telar, han ampliado la noción de lo que significa ser artesano.
Han creado una intersección majestuosa entre el arte y la artesanía, abriendo paso a ser reconocidos —y valorados— como artistas-artesanos. Así, pegado, seguido y continuo.
Relacionado con esto, en mi camino por Oaxaca, muchos artesanos —por no decir todos— mencionaron a Francisco Toledo.
Y es que Oaxaca, en su dimensión artística y artesanal, no se explica sin él.
Toledo nunca trazó fronteras entre el arte contemporáneo y la artesanía. Trabajó junto a papeleros, tejedores, ceramistas, impresores y talladores de madera, convencido de que el hacer manual y tradicional tiene un gran valor para la cultura material, artística y nacional.
Desde su trayectoria y su lugar simbólico, legitimó un diálogo que permitió a los oficios tradicionales expandirse, ser vistos y pensados como arte, dentro y fuera de Oaxaca.

A mi modo de ver, además de esto, la herramienta más poderosa y auténtica que le entregó Toledo a los artesanos fue la inspiración.
Demostró que el oficio tradicional no conduce únicamente a la repetición de lo ya conocido, sino que puede abrirse a nuevas alteraciones, visiones y caminos.
Por redundante que suene, inspiró a los artesanos a inspirarse:
A crear e imaginar mundos posibles desde la raíz de su oficio,
de la mano de lo que ya saben hacer y de lo que aún pueden fortalecer.
Esa expansión encontró suelo fértil en los espacios que Toledo mismo impulsó —el IAGO, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, el MACO, bibliotecas y talleres comunitarios—; espacios concebidos no para el turismo, sino para sostener una comunidad cultural viva. Un mundo artesanal y artístico que ha sabido brillar, fortalecerse y proyectarse.
Iniciativas y referentes como estos han permitido que los artesanos de Oaxaca reconozcan su propio valor y, sobre todo, su potencial. El valor de un trabajo y de un conocimiento aprendido de generación en generación, construido de mano en mano.
El amor, las oportunidades y el reconocimiento hacia su oficio han crecido tanto —a sus propios ojos y a los de otros— que han comenzado a imaginar y crear nuevos mundos posibles para su práctica; nuevas iconografías, materiales, historias y formatos con los cuales dialogar y expandir su oficio.
Siempre manteniendo las raíces de su tradición y de su hacer manual, pero recargándolo de inspiración, creatividad y nueva energía.
Les presento a aquellos otros artistas-artesanos que conocí en Oaxaca:
1
Andrés trabaja el barro negro. No nació en Oaxaca y su oficio no lo acompaña desde niño. Tampoco lo aprendió de sus padres ni de sus abuelos. Lo aprendió de su suegro.
Estamos acostumbrados a que nos hablen de los oficios manuales como algo vinculado a nuestra raíz, pero no siempre es así. El oficio tradicional y manual también puede llegar por nuevas conexiones e inesperados caminos.
Aunque su suegro le heredó el horno para “cocinar” sus creaciones y le entregó todo el tiempo necesario para enseñarle a tratar el barro —amasarlo, moldearlo, quererlo y entenderlo— hay algo que no se hereda; algo que sólo se desarrolla después de mirar, intentar y hacer.
Ese algo se llama habilidad y conexión.

Su cuerpo ha despertado una sensibilidad con el material; se ve en sus ojos, en la pasión con la que habla. Por supuesto.
Se ve en sus manos. En cómo las mueve. En cómo deja pasar – o frenar- el barro con los dedos.
En la forma en la que su talon pisa el barro para ablandarlo. En su comprensión de que ya es suficiente agua para el material. En su forma de medir con la yema de sus dedos el grosor que necesita un objeto para no perder su forma o para no quebrarse con el calor.
En cómo logra poner sus historias, sueños y emociones en una pieza. En una forma.
Todo eso hace parte de su experticia.

Andrés nos invitó a crear con nuestras propias manos. Salieron al mundo sirenas, vestidos, caras, muñecas, platos en barro negro.
Él, con astucia, descrifó nuestro universo interno observando cada una de nuestras creaciones. Porque hay algo que no he mencionado de la experticia de su oficio y es que Andrés sabe reconocer la historia que carga cada objeto. Lo que hay detrás de querer traer determinada imagen, figura o pieza al mundo material.
Yo hice un vestido porque estoy obsesionada con ellos. Al menos eso fue lo que dije.
Andrés dijo otra cosa; “haces vestidos porque tienen que ver con la diplomacia con la que te gusta mostrarte al mundo”.

Se reveló algo de nosotras al universo tangible, pero sólo por un rato porque al final estas piezas murieron. Quedaron en el intento.
Él sabía que pocas de nuestras creaciones resistirían al horno porque lograrlo necesita tiempo, experiencia, mano dura y mano suave; una mano en perfecto balance, un grosor preciso. Experticia en el oficio.
Algo que ninguna de nosotras aún tenía.
Me llevé a casa un mug hecho por él. Tiene una cara inspirada en Hawaii, así lo dijo.
Le encanta hacer caras, porque asegura que, al mirarlas después, cada una revela la emoción del momento. Del instante exacto de su creación.

2
Ahora hablemos de Don José y Doña Teresa

En mi casa, sobre una pared, cuelga un corazón hecho en cerámica.
Es un corazón con cara: tiene una flor en el centro de la frente, tiene nariz, boca y ojos cerrados.
En la mesa de mi comedor reposa un shot. También tiene cara: cejas, nariz, boca, los ojos cerrados y una mano que toca el rostro.
Ambos objetos son traídos de Oaxaca y hablan perfectamente de nuestra visita al taller de Manos que Ven;
manos creadoras que, efectivamente, tienen la capacidad de ver, recordar y sentir aquello que los ojos ya no pueden.


Don José quedó ciego a causa de un glaucoma avanzado y contrario a lo que mucha gente pudo pensar, él decidió continuar haciendo cerámica pero de la mano extendida de su esposa Teresa.
Decidieron que él seguiría dando forma a las piezas en su volumen grande y esencial; Teresa se encargaría de los detalles. Aquellos que le dan personalidad a una pieza.
Desde dicha complicidad han hecho objetos maravillosos, en conjunto y dialogo.
Las manos de Don José trabajan desde la memoria de lo que sus ojos ya no ven. Trabajan también desde la confianza: confianza en las manos de su esposa y en las observaciones que ella le ofrece.
Las manos de Teresa, por su lado, trabajan desde el amor y el fiel recuerdo de ver a su esposo trabajar durante tantos años.
Muchas de sus piezas son autobiográficas; son reflejo de su historia de amor, intuición y complicidad. Son objetos que hablan de lo que ha sido importante en su camino de la vida.

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El taller Manos que Ven es, realmente, un jardín de cerámica.
Hay piezas grandes, abundantes y vivas. La familia entera —hijos, primos, tíos y sobrinos— se ha dedicado a sembrar aquello que les devolvió el sentido a la vida.
Hay piezas por aquí y por allá, como si crecieran solas.
Cada integrante tiene su propio estilo. Ya se sabe, por ejemplo, que las sirenas las hacen las hijas; las flores en la frente, la madre; los ojos cerrados, el padre.

Actualmente, están a la espera de aparecer en Netflix.
Don José no puede imaginar cuántos ojos verán su trabajo y el de su familia.
Teresa le cuenta lo que han logrado. El jardín que tienen.
Pero seguro ni su imaginación alcanza a dimensionar lo que verdaderamente nuestros ojos ven al visitar su taller.
Tan maravilloso que es.

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3
El oficio de tejer en telar horizontal es como un baile.
Un baile que, como cualquier otro, pone en sincronía las piernas, las manos, el ritmo, la cabeza y el corazón.
Un baile que silencia la mente y enciende el cuerpo.
Es un baile difícil al comienzo, donde piernas y manos parecen torpes; pero una vez que se le coge el ritmo, todo fluye.
Entonces se entra en el disfrute.
Es un baile distinto a los convencionales, porque se realiza sobre una máquina de madera llamada telar que puede tener años o décadas sobre la tierra. La pista de baile está delimitada por dos o tres pedales —incluso más, si se es experto— mientras las manos se mueven con mayor amplitud, como si tuvieran un piano a su alcance.

Sobre ese piano, o lienzo, se pinta con hilo.
Se dibuja no solo con las manos, sino también con los pies.
Con el balance. Con el cuerpo entero y su correspondencia.
Cuando el pie derecho pisa, la mano derecha pasa.
Cuando el pie izquierdo pisa, la mano izquierda pasa.
Pisa, pasa. Pasa, pisa.
Sella, mueve la mano.
Mueve el pie.
Fuerte, suave.
Urdimbre.
Así podría sonar por fuera el tejido de telar. Porque por dentro, todo está en silencio.
Si algo se piensa, es en el color. En el siguiente paso. En la mano que estás por utilizar.

Fue lindo aprender a bailar así.
Todas lo sentimos.

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El taller de Susy tiene alrededor de diez o doce telares.
En ellos, diariamente se tejen tapetes que, aunque emergen de un oficio tradicional, hoy en día incorporan una iconografía contemporánea que dialoga armónicamente con la cultura zapoteca.
La lluvia IIIIIIIIII II I I I I , el viento ——–, los caminos y los pájaros continúan representándose muchas veces desde la iconografía tradicional.
Pero ahora entran en diálogo con una mirada más moderna, que plasma los elementos de forma más realista y sintética: las montañas, el sol, las plantas y los animales.


Acá está la magia de sobreponer tiempos, iconografías y culturas.
Ponerlas a bailar.
4 y 5
Casualmente tengo un huipil puesto en este momento.
Es negro y estoy de luto. Me da calor y cierta elegancia.
Sonrío porque es lindo cuando una entiende la composición y el detrás de lo que tiene puesto.
El huipil está hecho de dos grandes lienzos rectangulares que se unen en el medio con un bordado llamado randa. Hoy quiero hablar de eso: del tejido de randa y de nuestra profesora Fátima.

El bordado de randa permite unir dos mundos, dos lienzos textiles.
Se crea un puente entre ellos; tiene aspecto de malla y es tejida con una sola aguja e hilo.
Ese puente o malla se construye haciendo pequeños e innumerables nudos en el centro, lo que hace que no todo el hilo toque la tela.
Es casi como bordar sobre el aire.

Fátima, nuestra profesora, se dedica a eso: a unir mundos. Al tejido de randa, al bordado, a las piezas textiles y tejidas.
Con diferentes colores nos enseñó los distintos tipos de bordado que se puede hacer, teniendo como resultado un universo casi infinito, figurativo y geométrico -que puede funcionar para hacer huipiles o unir cualquier tipo de lienzo textil-.
En el proceso, muchas mencionaron que era terapéutico y meditativo. Y es que el bordado tiene eso. Ese encanto. La posibilidad de silenciar la mente.
Cuando las manos fluyen, crean y hacen, la mente empieza a acompañarlas y nos despoja del ruido —lindo o aterrador— de la vida. Eso me recuerda a mi experiencia con el tejido arhuaco en la Sierra Nevada de Santa Marta.
“Tejer es concentrar el pensamiento”, me decían todas las mujeres en la Sierra. Poco entendía de esto hasta que me sumergí en su hacer.
Veía a las mujeres arhuacas tejer mientras hablaban, mientras caminaban, cocinaban, reían. Mientras rezaban o meditaban. Mientras criaban. Mientras oían a los mayores.
Veía el tejido ser una parte integral de ellas, no una distracción. Yo crecí con una teoría impuesta: que todo lo que implicara “hacer” era una distracción para el pensamiento.
No podías pintar mientras oías al profesor. No podías colorear, dibujar. Mucho menos bordar.
¿Qué diría mi familia si me siento a tejer en medio de una conversación importante?
Distracción, distracción, distracción.

Una vez aprendí a tejer, rodeada de mujeres, entendí que estar haciendo algo con mis manos mientras tengo conversaciones importantes me ayuda a interiorizar la palabra.
A dejarla en un lugar. A concentrarme más en lo que me están diciendo o en lo que estoy diciendo. A concentrar el pensamiento y, evidentemente, a depositarlo en algún sitio.
Las mochilas, resultado del tejido, cargan con todos esos pensamientos depositados. Los integran y los guardan como memoria.
Algo así me hizo sentir el bordado de pensamiento en Oaxaca.
El bordado de pensamiento está compuesto por flores y cada flor es un pensamiento que logró salir del cuerpo de la creadora.
Un pensamiento que se creó, se expulsó y se integró en el oficio del hacer, en el juego con las manos, el hilo, la aguja y el color.
El tejido tradicional muestra una infinidad de flores en cada pieza bordada. Esto es el reflejo de la cantidad de pensamientos que abundan en nuestra mente y que, de vez en cuando, está bien dejar salir.

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Cada pieza tradicional lleva consigo los pensamientos de su mano —y mente— creadora.
De ahí la relevancia de entender quién está detrás de las piezas que llevamos.
¿Qué energía, qué tipo de pensamiento estamos integrando en nuestro cuerpo?
Son energías lindas. Incluso si fueron creadas desde la tristeza, la ansiedad o la nostalgia, lo más lindo está en saber que hay alguien dispuesto a soltar y transformar esa emoción en belleza.
En bordado. En arte.
6
En México muchos artesanos venden grandes y pequeñas representaciones de animales tallados en madera. Algunos no se parecen a ningún animal que conozcamos: son más bien diálogos, intersecciones entre especies.
Alas de pájaro con cola de lagarto, orejas de zorro. Cosas así.
Se llaman alebrijes y son fantásticos.
Están cubiertos de pequeños y minuciosos diseños iconográficos, llenos de color y textura.
Hay mucho turismo y comercio alrededor de esta artesanía, pero nuestro querido maestro Pablo nos contaba que los alebrijes, en su origen, no eran en madera y tampoco tenían un fin comercial. Eran pintados en papel y luego elaborados como esculturas, en cartón.
Los alebrijes fueron creados por el artesano mexicano Pedro Linares en la Ciudad de México. Ahora que lo pienso, no sé si la palabra correcta es “creados”. Tal vez descubiertos porque fueron fruto de un sueño delirante que el maestro Linares tuvo durante una enfermedad. En dicho sueño conectó con un más allá en el que visualizó criaturas fantásticas que combinaban elementos de diversos animales y gritaban una misma palabra: alebrijes, alebrijes, alebrijes.
Según la cultura zapoteca, estos alebrijes nos acompañan en la vida terrenal y en el camino al cielo. Son un puente y una guía. Uno de ellos es nuestro guardián y esencia (el tonal); el otro, el nagual, representa aquello en lo que podemos transformarnos.
Los alebrijes nos hablan de la dualidad humana. De su complejidad y variedad.
De cómo siempre hay un pedazo nuestro vinculado a un más allá y otro pedazo más acá, pero ambos están unidos cumpliendo y acompañando nuestra misión.
Por eso, al llegar al taller del maestro Pablo y su familia nos encontramos con un espacio digno de su oficio.
Un perfecto dialogo entre las representaciones de la vida y la muerte.
Esculturas enormes de animales esqueléticos pero con bastante color y figuras iconográficas. Un mar de alebrijes coloridos de diferentes tamaños tallados en madera.
Una mezcla entre la realidad y la ficción.
Un olor a eucalipto por todas partes. Humo. Un silencio. Una paz misteriosa.
(Es extraño ir a México y encontrar una relación tan maravillosa con la muerte. Una relación pacifica y hermosa. De aceptación y fascinación. No tan temerosa como la que tengo yo – y tantos otros- con ella…)

Aunque el maestro Pablo, junto con su familia, hoy crea alebrijes enormes tallados en madera, quiso transportarnos al origen. Nos invitó a pintar en papel nuestro propia combinación animal; nuestra identidad dual y compleja dictada por la fecha de nuestro nacimiento.
Nos enseñó la iconografía zapoteca y el poder de ella. El simbolo ayuda a declarar, manifestar y por supuesto, comunicar.
Aprendimos que crear no es sólo hacer. Crear también es el conjunto de rituales de conexión, intención y cierre que rodean un proceso creativo.
Iniciamos con un momento de introspección y cerramos con una limpieza con saumerio. Fue un espacio – tiempo que nos permitió cerrar los ojos, cuestionar y agradecer. Entender —o no— dónde estabamos parados.
Respirar.

7
Cuando llegamos al taller de Carolina sentí que estábamos entrando a un laboratorio científico.
Había una mesa grande con varios puestos. En cada uno, había una hoja con tablas, valores, nombres de minerales y explicaciones detalladas.
Las paredes de la habitación estaban llenas de estanterías con hilos de colores.
Con todos los colores del arcoíris, sí. Pero también con todos los colores de la imaginación. Esas variaciones que ni sabíamos que existían o necesitábamos.
Muchos hilos… lindos, flojos y sueltos. Listos para convertirse en bordados, tejidos, piezas textiles, arte. Corazonadas.
Al fondo se veía una cocina grande que, sin duda, despertaba la curiosidad de todas las que estábamos sentadas en la mesa.
Después de un tiempo de teoría y charla sobre los tintes naturales
— agua, movimiento, calor, zinc, alumbre, hierro—,
todas empezamos a buscar el color con nuestras propias manos

Buscar el color con nuestras propias manos se vió algo asi…

Trabajamos el indigo, dando vida a una gama de azules:
azul cielo, azul lluvia, azul mar, azul mar profundo, azul ojos, azul virtuoso azul vida, azul azul

También exploramos y hablamos de otras plantas.
Lavanda aquí, lavanda allá. Palo de campeche. Bugambilia. Cochinilla. Eucalipto.
Una pizca de… un gramo de hierro. Un poco de alumbre. Una sonrisa de cielo. Un poco menos de amargura.
Entre chiste y chanza, entre juego y teoría, entre cientificidad e intuición, nos aferramos a una sola planta. De ella, con pequeñas y grandes variaciones, con minerales y matices, logramos extraer alrededor de diez colores distintos.

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Salió amarillo mostaza para algunas; amarillo sol para otras.
Verde pino para algunas; verde olivo para otras.
Y así… todos los colores: el azul, el morado, el rojo, el rosado, el vino tinto.
El oficio de los tintes naturales es un ejercicio de juego y exploración, pero también de profunda teoría, disciplina y rigor cuando se quiere replicar.
Carolina tiene un taller de colores. Un jardín. Un laboratorio donde no todos los resultados son iguales, por supuesto: el día, la hora, el clima, el tiempo de cocción y la mano influyen. Sin embargo, encontramos cierta homogeneidad que convierte su proyecto de Hilos Flojos en una alternativa valiosa y viable para crear piezas textiles artesanales, profesionales y maravillosas.
Más que hilos de colores, Carolina ofrece un espacio de exploración textil que, de forma autodirigida, conduce a la curiosidad, al arte y a la creatividad.
En medio de un oficio que algunos llamarían “rígido” o científico, Hilos Flojos le abre camino al cambio, a la intuición y a la explosión de creatividad, prueba y error.
A la exploración artística y viva.

8
A Gabriela la conocen como Ofelia & Antelmo.
Talentosa a morir.
Mucha gente cree que su verdadero nombre es Ofelia, pero no es así. Ofelia es el nombre de su abuela a quien honra de mil maneras.
Gabriela guió nuestra ruta por Oaxaca, pero en el camino pudimos conocer un poco del alma de Ofelia.
No sé como se veía o en qué trabajaba. Tampoco sé cómo era de madre, hija, esposa o amiga.
Considero, atrevidamente, que fue excelente abuela. Porque le presentó el mundo a Gabriela desde su mirada auténtica.
Una mirada que exaltaba el oficio manual y tradicional;
Los huipiles.
La vajilla hecha a mano.
Los objetos antiguos y con historias.
El tejido y el bordado que guardan pensamiento.
El oficio de hacer.
Mucho de eso vive hoy en Gabriela.
Una Gabriela que ha construido relaciones profundas con artesanos en México. Que los admira y valora no solo como personas, sino como artistas y sabedores de conocimientos manuales y ancestrales.
Encuentra en ellos camino y referencia. Los ha investigado, pensado y contemplado con respeto.

Nos advirtió sobre algo esencial: no pedir descuentos por un trabajo que toma tiempo y dedicación. Que se hace puntada por puntada. Mano a mano.
No regatear.
Ese fue uno de los valores centrales de la ruta.
Como decía Carolina, una de las participantes:
“Hace poco descubrí que tenía manos y que podía crear con ellas”.
Cuando uno da al paso al mundo creativo y manual es más fácil comprender el valor de cualquier trabajo artesanal.
La ruta nos permitió —a quienes ya sabían que tenían manos creadoras y a quienes apenas lo estamos descubriendo— conectar con lo que implica crear desde el cuerpo. Desde el nuestro, no desde otro.
Una vez que se vive, no hay vuelta atrás.
No hay forma de pedir un descuento. No hay lugar para un “hazlo más rápido” o un “¿no tienes uno igual?”.
Porque simplemente no funciona así y uno ya lo entiende.

Gabriela es diseñadora de modas de profesión, pero ahí no encontró su pasión. Su pasión va por un camino más lento y orgánico, más creativo.
Encontró en las puntadas —pequeñas, como granos de arroz— una identidad que le permite pintar sobre cualquier textil un universo visual: un pensamiento, una historia, un sueño, un paisaje o un cuestionamiento.
Y es arte.
No solo por el proceso creativo que implica, sino por lo que deposita en él: las emociones que quedan, los sueños que se transforman o nacen con cada pieza.
Ella nos invitó a bordar.
No siguiendo un patrón convencional, sino el patrón de la intuición.
Bordado orgánico.
Bordado libre.
Debo decir que me gustó.
Fue un lenguaje distinto desde el cual pude hablar de cuánto amo el viento fluir. De cuánto amo verme fluir.
Para quienes creemos que las manos pueden crear, pero no necesariamente las nuestras; para quienes sentimos que no nacimos para eso, el taller de Gabriela – y la ruta de Oaxaca en general- fue una oportunidad para ver nuestras propias manos hacer. Crear sin rigidez ni rumbo fijo. Simplemente intentarlo.
Disfrutar el oficio de crear.
De ver nuestras manos en acción; en la acción de hacer.
Para mí, este fue un comienzo.
Un comienzo de creación e inspiración.

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Siempre agradecida con Puntos de Conexión por su trabajo en fortalecer y darle continuidad a los oficios tradicionales.
Con cariño y admiración por cada artista-artesano mencionado,
Diario de un Cuerpo Vestido
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