Hay momentos en la vida en los que no parecemos hijos de la Tierra______,
sino del aire
del viento
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Momentos en los que permanecer se vuelve difícil; en los que el cuerpo anhela movimiento, desplazamiento, exploración.
Vuelo
Este texto es para quienes sienten ese llamado —aunque sea minucioso— a ser hijos del mundo, de lo desconocido. De las infinitas posibilidades.
Es una invitación a
viajar,
así sea a través de las palabras,
a otro lugar y forma de habitar el mundo.
A hacerse nuevas preguntas.
Bienvenidos (as) a Grecia
Desde los aviones, usualmente, captamos una parte del territorio al que nos acercamos: vemos sus colores, texturas, materiales, formas naturales y alteraciones. Desde arriba se leen sus prioridades e historia: más verde que azul, más naranja que verde, más blanco que gris.
Un equilibrio aparentemente perfecto también puede percibirse.
Desde el avión, Atenas es blanca y café. En realidad, así se sienten también sus calles, con un sustancioso agregado de gris.

En mi visita a la Acrópolis sentí que Atenas también era naranja,
que una luz cálida abrazaba y pintaba tooooooda la ciudad.
Diría que es el color de las almas pasadas, ya que mientras caminaba por ahí escribí:
“El mundo también es de los que ya se fueron.”
Porque realmente en Atenas se siente la presencia de las vidas pasadas. No en términos energéticos, sino a través de las huellas y los rastros arquitectónicos, filosóficos y cívicos que civilizaciones previas ya dejaron en el mundo.
Grecia es un lugar que recuerda que hubo vida antes de nosotros —antes, incluso, de las generaciones que creemos conocer—.
A veces, al habitar mi ciudad, Bogotá, olvido que hay historia y pasado; pareciera que nos perteneciera ÚNICAMENTE a quienes la vivimos hoy.
Grecia no se siente así.
Creta, la isla más grande de Grecia, desde el cielo es café y azul: la tierra y el mar dialogan sin interrupción. Al descender, aparecen los matices blancos de las casas y el verde olivo del campo, todo bajo la misma luz cálida.
En las calles hay cerámica. Mucha cerámica.
Gatos cariñosos y bien cuidados en cada esquina.
Se siente el frío, también el calor.
Se oye música en la que resaltan más los instrumentos que las palabras. Nos acercamos y tienen más cuerdas, más placas, más volumen. Son más grandes: antecesores de lo que hoy conocemos como el piano, la guitarra y el arpa.
Hay ruinas protegidas dentro de las joyerías, dentro de los
restaurantes. Dentro de las casas.
Mucha piedra blanca en la arquitectura.
Playas virgenes.
Mucho aceite de oliva, aunque pocas veces servido con pan
– para sorpresa mía-.
Verduras en su cocción perfecta.
Mesas compartidas. Comida al centro.
Postres de cortesía.
Luna llena tan cerca
que come, ilumina y dialoga en la mesa.

Visitamos pueblos como Margarites, donde una familia entera hace cerámica inspirada en la historia arqueológica de Grecia; la taza de la justicia de Pitágoras, diseñada para que todos tomemos lo mismo. La muñeca de cerámica que se utilizaba 400 años a.C. Cerámica con un uso práctico y cotidiano, cargada de física, historia y sentido.
Allá todo está interconectado. La cerámica viene de las montañas. La joyería también. Las calles son silenciosas y empedradas. En ellas resaltan los tonos café, naranja, azul y blanco de las tiendas de cerámica que exhiben sus piezas sobre el andén. Los colores vivos llaman la atención.
Todo va más lento.
¿Quién compra o utiliza todo esto? ¿A qué ritmo se venden las cosas?
En todo caso, a un ritmo distinto al de -mi- costumbre.

Bajando unas escaleras se encuentra el taller de María, quien movida por la belleza de los telares tallados en madera, decidió recuperar varios de ellos de casas y sótanos de Creta donde habían quedado olvidados.
En su espacio conviven cinco telares antiguos de pedal, de esos que cuentan historias y conservan en su madera los rastros del trabajo manual. Esa atracción genuina por los telares no solo la llevó a rescatarlos, sino también a restaurarlos con la ayuda de Manolis, de quien hablaré más adelante. Además, la impulsó a reunir a otras apasionadas del tejido para recuperar los bordados y tejidos tradicionales de Grecia.
Hoy su taller, llamado RODAKA, mantiene viva esta práctica artesanal y ancestral.
Ahí llegó Despina, nuestra profesora. Junto a ella aprendimos a tejer y a bordar sobre estas extensiones de nuestros propios cuerpos. Dimos vida a ese sentimiento gratificante de hacer algo con nuestras manos, con nuestro propio cuerpo y tiempo, reconociendo todo lo que implica
traer algo del mundo de las ideas
al mundo material.
Miro las figuras bordadas y pregunto
¿qué significan? ¿qué narran?
No hay respuesta.
Se van con el aire.

Vamos al taller de bordado cretense. Se oye el griego, el inglés y el español. Entre traducciones, gestos, muecas y demostraciones logramos entendernos. El hilo y la aguja dan forma a una iconografía alucinante, ‘propia de Grecia’. Se asemeja a cosas que conocemos porque al final todos venimos y vamos para el mismo lugar.
Para mí, tienen forma de ‘escaleras’, triángulos, lo que entiendo como ‘mar’ o suelo. Montañas.
¿qué significan en realidad? ¿qué historia cuentan?
“Es una vela”, una de las profesoras responde.
pero, ¿cuál es la historia? ¿quién las utilizaba? ¿en qué contexto ? ¿practicidad o espiritualidad?
Nuevamente,
No hay respuesta.
Se van con el aire.
Este taller, inmerso en un subterráneo empedrado, es hogar de grandes tesoros y creaciones textiles. Tesoros que viajan por el mundo dentro de la industria contemporánea de la moda, pero que siguen dialogando con años
—y vacíos—
de tradición, historia y práctica manual.

Entre hilos
De repente, Creta también se vuelve rosada, verde, roja,
amarilla…
se vuelve
multicolor.
Visitamos la fábrica textil de Manolis, el famoso restaurador de telares.
En la entrada, nos encontramos con una frase bordada sobre una tela enorme que dice “Soy libre” en griego.
Uno se sumerge entre máquinas patentadas, hilos, sonidos, patrones, materiales. Lo que antes podía ser un mar de producción textil y que ahora permanece un tanto más quieto.
En la bodega hay un rincón más silencioso. Tiene tablas de madera, martillos, números y cuadernos: ahí sucede el trabajo artesanal y manual. Manolis, en libertad, diseña los patrones de los textiles uno a uno, con matemática, martillo, cabeza y corazón en mano.
Su esposa borda manteles a mano y a máquina. Una alucinación completa. Iconográficamente sólo me pregunto, nuevamente
¿qué dirán? ¿qué historia cuentan?
No obtengo respuesta. En ningún lugar.
Se van con el viento.

En una esquina de Gavalochori nos encontramos con dos mujeres que hacen encaje de bolillo. Hablan griego y francés. Están sentadas en la calle, con un cojín sobre las piernas y sus bordados extendidos. Nos comunicamos por señas y sonrisas.
Hacen bellezas absolutas. No solo por el resultado, sino por el proceso; un proceso que podría mantener mi mirada fija durante horas.
Es alucinante cómo su cuerpo se conecta con el hilo. El hilo se amarra a unos palos de madera que sirven de instrumento para hacer sus creaciones. Los toman con sus dedos y proceden a moverlos como si bailaran, creando puentes y lazos entre las agujas que dan forma a las figuras deseadas. Mantienen el ritmo sincrónico del alma.
¿Nadie más hace esto? ¿Cómo darle continuidad?
Parece habitar solo en ellas: en sus cuerpos mágicos, en sus manos llenas de baile y destreza. En esa conexión profunda e incomprensible entre el cuerpo material y el cuerpo humano.

Visitamos el taller de la artista María Galanaki.
En sus bordados —me atrevería a decir— narra gran parte de la historia del mundo. Muestra el fuego, los animales, mujeres tejiendo, antorchas, telares, risas, lágrimas, familias, cultivos, alimentos y bailes. Cada lienzo cuenta una historia: un fragmento de nuestra realidad pasada, presente o futura.
María también imagina el porvenir y deposita su energía en él. Utiliza el bordado como una forma de narrar y de crear nuestra —o su— realidad. A través de sus piezas, quizá otros comprendan algún día lo que fuimos o lo que somos en esta era.
No utiliza la iconografía pasada, es evidente que plasma elementos visuales que pertenecen a nuestro campo visual de conocimiento actual, a aquello que reconocemos, que entendemos, que compartimos hoy.

Antes de llegar a Creta visité el Museo Arqueológico de Atenas. Allá me encontré con la iconografía de la Edad del Bronce utilizada en la joyería de la época. A través de ella, la civilización cicládica narraba su vida, sus creencias y sus vínculos.
Muchas preguntas surgieron:
¿Qué historia estamos narrando hoy a través de nuestras creaciones? ¿Cuál es nuestra iconografía? ¿La estamos creando o simplemente repitiendo lo que otros ya narraron? ¿acaso no estamos contando nada?
En Creta, las preguntas alrededor de la iconografía me inundaron nuevamente.
¿Qué significan las figuras que estoy haciendo? ¿Qué historia cuentan?
Como ya dije,
No hubo muchas respuestas.
Se fueron con el viento.

No digo esto para señalar el vacío teórico de la iconografía griega ni el de las maestras con las que compartí, sino para reconocer lo que lentamente se está perdiendo.
Así como los significados simbólicos se desvanecen con el viento, las técnicas manuales también pueden desaparecer. Y con ellas, una manera de pensar y de habitar el mundo.
Entender lo que otros ya dijeron sigue siendo valioso. Ellos — los que ya completaron su tránsito por la tierra— fueron sabios en su hacer. La iconografía que nos dejaron es una vía de acceso a su conocimiento, una forma de entender sus preguntas, sus formas de vida, sus vínculos.
Si el conocimiento simbólico y conceptual el sentido ya se ha ido con el viento, lo urgente es no dejar que la técnica siga el mismo destino. Debemos permitirle transformarse, volar, alcanzar nuevos horizontes y posibilidades, pero no desvanecerse.
Es necesario hablar de lo nuestro; entendido como un todo integrado. Del presente, de la Grecia y el mundo de hoy. Un mundo que tiene el coraje de dialogar con las técnicas originarias, transformarlas y darles continuidad.
No porque no sean autosuficientes, sino porque podemos construir un abecedario más completo: una iconografía y un lenguaje manual que unan el ayer y el hoy en una misma conversación.

No olvidar que nuestras manos pueden crear.
No olvidar que el mundo de las ideas se vuelve más grandioso cuando dialoga con el mundo material.
No olvidar que los territorios se vuelven multicolor cuando se miran por dentro. En detalle y complejidad.
No olvidar que el mundo material se engrandece cuando dialoga con el cuerpo vivo, con el entorno, con la Tierra.
Con el viento
y el buen vuelo
. . . .
Diario de un Cuerpo Vestido
@diario_cuerpovestido
@majoguty20
Siempre agradecida con Puntos de Conexión por su trabajo en fortalecer y darle continuidad a los oficios tradicionales.

